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vernoxt:

     Había anticipado esa respuesta. Y este tipo desitua-
     ciones no le parecían extrañas. Nami solía ser así con
     el espadachín la mayoría del tiempo. Cuando ella
     necesitaba algo o viceversa, aunque casi siempre era
     este último caso. No era el tipo de persona que lleva-
     ra dinero consigo, por lo menos no tanto. Se había a-
     costumbrado a la vida del cazador de recompensas
     una vez más ahora que había pasado dos años sin su
     tripulación. Estas pequeñas islas ya muy avanzadas
     en el Grand Line siempre estaban repletas de piratas
     con pequeñas recompensas. Pequeñas recompensas
     lo suficientemente grandes como para comprarse una
     casa.

          ” Pensaba que al quedarme sin dinero podría
            cazar alguno de los piratas que hay en cada
            isla, pero no encontré a mucha gente en es-
            te desierto helado. Menos a piratas.”
      Y no podía culparlos, sólo un idiota se lanzaría en las
      garras del invierno sin siquiera saber nada sobre él. Y
      quién era ese idiota, por supuesto, era Zoro. Pero aho-
      ra se le había aparecido un angel de cabellos verdes,
      y no pretendía dejar esta oportunidad pasar. Aunque
      Nami amenaze con cortarle su cabeza por prometer
      tanto dinero a un extraño. Pero prefería eso a pasar
      los próximos meses vagando por las montañas y a-
      limentandose nada más de, probablemente, osos sal-
      vajes y lobos. O quizas compartiría con los lobos. Al-
      guien le había contado que si derrotabas al lider de
      una jauría, entonces te convertías en el macho alfa.
      Zoro podía hacer eso, estaba seguro.

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         ” Qué generosa.” Dijo con sarcasmo.
            ” Te pido que me saques del bosque y me das
               el paquete completo hasta Shaobondy? Cómo
               podría negarme. ” Le sonrío, cruzando sus
               brazos sobre su pecho.
      Se levantó, supuso que pasarían la noche en esta
      casita antes de marchar, o quiza marcharían la mis-
      ma noche. Ambos casos le parecían correctos. Al
      fin y al cabo, era ella la que sabía sobre las monta-
      ñas, la nieve, y todo lo que pudiese encontrarse en
      aquel bosques.

“ Acepto, cuando nos vamos? ”

            Su sarcasmo no pasó desapercibido, pero a Monet realmente no le importaba. Ahora había encontrado algo entretenido que hacer y si bien Zoro no se le antojaba como el tipo de persona con la que mantener una conversación interesante sí que parecía que podía ser divertido. De todas formas Monet no tenía realmente nada mejor que hacer y había pasado un tiempo desde la última vez que había cruzado la isla… y más tiempo aún desde que la había dejado para irse a cualquier otro lugar con un clima menos extremo. Por supuesto la temperatura jamás había sido algo que la preocupase.

— ❝ Partiremos al alba.❞ 

                            Y eso era en unas cuantas horas. No saldría el sol, por supuesto, puesto que rara vez lo hacía. En aquella isla había luz durante el día, pero jamás sol. Tal vez un par de veces al año aparecía, pero nunca por demasiado tiempo y jamás calentando lo suficiente como para dejar de utilizar abrigos. Éso explicaba porque todos los habitantes de aquella isla eran tan pálidos, y Monet era la más pálida de todas. Su piel era casi tan blanca como la misma nieve.

— ❝ Puedes encender la estufa si tienes frío.❞ 

                        Le dijo, esperando a que no quemase media casa en el proceso. Monet abrió un pequeño arcón que había en un extremo de la sala, junto al sofá y sacó una enorme piel de oso blanco que le ofreció.

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— ❝ Te despertaré en un rato. Descansa todo lo que puedas, mañana será un día duro.❞ 

               Dijo antes de abandonar la sala. Una vez en su habitación Monet preparó las cosas que pensaba llevarse. Unas botas resistentes al agua de piel color gris, varios pantalones que a cualquiera le parecerían demasiado finos para aquel clima. Cogió unos cuantos jerseys y ropa interior que puso en una bandolera, junto a su libro preferido. Lo último que puso fue su enorme capade color azul acero, ribeteada con piel blanca. Era calentita anque a ella no le hacía falta, pero lo más importante es que la mantendría seca en el caso improbable de que comenzase a llover. Monet detestaba la lluvia. Tras prepararlo todo y revisar que no se había olvidado nada Monet se puso el pijama, una sencilla camisola, y se metió en la cama.

                                   En escasas cinco horas debían de levantarse.

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