Y debil se debería sentir, aunque siguió al pie de la letra lo que su orgullo le dictaba. No tocó la estufa. Los restos del té eran más que suficientes para calentarlo y hacer que durmiese cómodamente. Se levantó de la rústica silla y observó la habitación con duda en sus ojo. Había un sofa en el que podría dormir, el piso tampoco se veía tan mal. Luego de pasar casi seis años durmiendo en las cubiertas de diferentes barcos, casi todo le servía para tomar aunque sea la más corta de las siestas. Suspiró al liberar sus tres katanas de la faja roja que las sostenía contra su cintura y cerraba su largo abrigo color verde oscuro para dejarlas sobre el suelo. Pronto las siguió y se dejo caer sobre la alfombra, apoyando su espalda contra la dura y fría pared. Frío, entonces recordó lo frío de esta atmosfera, pero al mismo tiempo notó que cuando Monet se retiró de la habitación, el frío había cesado. Era un cambio mínimo, pero él lo había tenido en cuenta. Era algo extraño después de todo, o quizas su imaginación. De cualquier manera, Zoro sólo se dio cuenta del cambio en la temperatura, no del factor principal que sería Monet, quien se había retirado justo antes de que la temperatura bajara, lo cual había hecho de que tan rápido como aquel pensamiento había llegado a su mente, así de rápido se había ido.
Su actitud era dura, frivola y algunas veces podría hasta ser cruel, pero de esta manera se había críado. Nunca dejando pasar la mínima oportunidad de que alguien lo apuñale por la espalda. Sólo que en este caso puntual, había actuado según las circunstancias que la situación le había impuesto. Monet era su última oportunidad de dejar este infierno congelado y llegar a Shabondy, aquel confuso archipielago. Por lo tanto, le guste o no, tendría que dejar todo prejuicio y sospecha a un lado y confiar en esta misteriosa mujer. ‘Un día duro’, pensó, imaginandose a él mismo junto con Monet abriendose paso a traves de las montañas blancas y soportando las heladas ventiscas que no solo traían nieve, sino también agua helada que los salpicaría en la cara como una bofeteada que los devolviera a la realidad. Pero entonces su orgullo apareció una vez más, él ya había pasado por algo similar en Drum, y lo había manejado bastante bien hasta que tuvo que rendirse luego de haber sido victima del congelado mar, y sólo en ese momento se vio obligado a ‘tomar prestado’ un abrigo que poseía uno de sus enemigos.
Con los brazos cruzados sobre su casi descubierto pecho, Zoro cayó dormido junto a sus espadas, su mano izquierda cerca de su katana blanca y su mano derecha preparada para desenvainarla si la situación presentaba este tipo de medidas drásticas. Cuando un poderoso pirata, y más perteneciente a una problemática tripulación, y al grupo de los novatos conocidos como Supernovas, desenvaina su espada, sólo caos puede salir de ello.
Sus roncidos se fueron haciendo más notables con cada segundo, hasta que se quedaron en un nivel algo alto, pero no lo necesario para que Monet lo escuché. Mañana sería un largo día, por lo tanto necesitaba dormir.
Tan pronto como las primeras luces del alba se dejaron ver en el horizonte Monet abrió los ojos. Se vistió tras darse una ducha con la ropa que había preparado la noche anterior y bajó la bandolera y su capa. La única cosa de valor que poseía, o al menos que ella considerase de valor, era un libro que guardaba en la bandolera. No por su valor monetario, si no por su valor sentimental.
Sin prestarle demasiada atención al espadachín Monet se puso a preparar el desayuno. Debería de gastar la comida que le quedaba en la despensa así que hizo algo de carne, pasta con mucho queso y una deliciosa focaccia, de la que guardó más de la mitad para el camino. Sabía que tendrían que descongelarla antes de comerla o se partirían los dientes al tratar de morderla. La temperatura era tan baja que las cosas se helaban increíblemente rápido. A veces hasta a ella la sorprendían, y eso que ella era una mujer de nieve.
— ❝ ¿Quieres desayunar?❞
Le preguntó mientras se sentaba en la mesa tras servir los platos. Sin siquiera esperar a que respondiese Monet comenzó con la focaccia. Calentita esta deliciosa, al igual que la pasta.
Incluso ella, a quien no le afectaba el frío, sabía que tenía que comer bastante para soportar el trayecto. Eran muchos kilómetros en un ambiente dificilmente más crudo. Iban a quemar muchísimas calorías y, teniendo en cuenta, que no sabían cuándo volverían a comer lo mejor era que desayunasen fuerte.