Cada vez que uno de estos desagradables muertos vivientes era decapitado por el machete del peliverde, otros dos salían de cualquier sombra para unirse a la persecución. Salir a bus- car algo de beber no había sido una buena idea, no a estas horas en las que los zombies parecían estar más activos que nunca. Suspiró, saltando una pared, pero en mitad de esto, uno de los cadáveres que lo perseguían había logrado tomar su pie, y así comenzó a tirar para lograr que el hombre se cayera al suelo, los demás zombies corriendo hacia el lugar a su propio ritmo, ni muy rápido ni muy lento. Zoro pegó una patada a la cabeza de su atacante, sintiendo como fácilmente el cráneo de este se había roto por el impacto, cayendo al piso con sangre y sesos escapando de las aperturas que el sobre- viviente había re-abierto. No se quedó a esperar para confirmar la muerte del desgraciado, sino que terminó de escalar la mal- dita pared y luego se subió en el techo de una rústica casa, desde ahí pudo divisar al grupo de zombies furiosos esperan- dolo en la calle. Con una sonrisa, Zoro les escupió y se dio la vuelta, sólo para encontrarse a otros más que de alguna manera habían logrado escalar hacia donde estaba él.
El primero que se le acerco recibió la punta del machete por el ojo izquierdo y la despidió por detras de su cabeza, la oscura sangre fluyendo con baja presión por ambas heridas. Dejo que el cadáver cayese al suelo para rápidamente darse la vuelta y decapitar al segundo zombie que se le había acer- cado. Recogiendo la cabeza por los pelos y arrojandosela con fuerza al siguiente, que por el golpe perdió el poco equi- librio que tenía y cayó del techo. Dios sabe que habría sido de aquel bastardo inmortal.
Antes de que los siguientes pudieran llegar allí, se dio la vuelta y saltó para poder treparse a la ventana de un edificio que estaba detrás de aquella casa, y que era del largo de tres casas más, y el triple de alto también. Como era de esperarse, la ventana estaba bloqueada, señal de que alguien había estado dentro, seguramente pocas per- sonas, y lo más probable era que estuviesen muertas. Pateó la ventana una vez, notando la resistencia de las maderas que la estaban cerrando del otro lado. Entonces pateó una vez más, y otra, y otra hasta que con un estruendo de vidrios rompiendose y maderas cayendo al suelo, logró su entrada triunfal, cerrando la ventana apenas pudo pasar por ella y bajando la persiana para que los zombies que llegaran hasta ahí no pudieran entrar o siquiera verlo.
Gruño, más molesto que contento de que la persecución había terminado. El edificio por dentro no parecía estar en tan mal estado. Habían libros, repisas y largas mesas con computadoras, plantas adornando el lugar, alguna que otra vela gastada situada encima de una mesita. Era una biblioteca, en perfectas condiciones. El peli verde se rascó la disimulada barba que le estaba cre- ciendo y guardó su machete después de tomar un li- bro cualquiera y limpiar la sangre que había quedado en el arma sobre sus hojas. Luego arrojó el libro al suelo, ironicamente era una biblia, pero él no pensaba que la palabra de Dios hubiera servido mucho en estas epocas.
Se acercó con sigilo a una puerta, y con mano sobre el mango del machete, entró a la habitación para con- firmar que nadie estuviese ahí, quizas algún zombie perdido se había quedado encerrado en esta bodega de conocimientos. Ni él hubiese querido tener aquel destino. Hizo lo mismo con las siguientes cinco puer- tas, hasta que por fin encontró una sala de descanso, con cómodos sofas y una que otra luz prendida. Sacó de su bolsa una botella que parecía contener alguna fuerte bebida alcoholica y se arrojó sobre uno de los sofas, llevandose el pico de la botella a la boca y ahogando su soledad en la agrio brebaje
( Sí, este lugar sería perfecto para descansar, el peliverde después de todo, llevaba una vida bastante agitada.)
El ruido la hizo despertar del ligero sueño que había conseguido conciliar una hora antes. Se incorporó en la cama, sobresaltada, con el arma en la mano. Era absurdo cómo ahora no se sentía a salvo a no ser que llevase esa pistola alrededor, y eso no era nada comparado con lo que solía llevar.
Cada vez que se aventuraba fuera de la biblioteca lo hacía con un arco y un carcaj en la espalda, dos pistolas, una en cada muslo al más puro estilo Lara Croft, además de algún que otro puñal. Hubiese llevado incluso un hacha de haberla tenido, ya que en temas de supervivencia uno nunca podía quedarse corto, especialmente con la ciudad infectada de los no muertos.
Cargó el arma, levantándose silenciosamente de la cama y dejando la habitación. Oculta por los altos estantes cargados de libros Monet estudió el escenario. Una ventana rota, pero no veía rastros de ninguno de los no muertos, así que únicamente había dos opciones. O los infectados se habían vuelto más inteligentes o algún superviviente había conseguido acceder a la biblioteca.
Sus cejas se fruncieron y sus pasos se volvieron aún más cautelosos. Si Monet tenía que elegir, definitivamente prefería enfrentarse a los infectados antes que algún otro superviviente, pues eso de ‘todos los que han sobrevivido’ se unen para aumentar las posibilidades de subsistir no era así en la práctica. Los supervivientes se mataban los unos a los otros, a veces para robar pertenencias o quedarse con la guarida del otro, o simplemente porque una muerte más, tras tanto matar, no significaba nada.
Una a una Monet se recorrió todas las habitaciones de la biblioteca, esperando encontrarse una de ellas ocupada, pero las siete primeras habitaciones que abrió las encontró tal cual ella misma las había dejado. No había rastros de sangre, nada fuera de su sitio– nada de nada. Pero eso cambió cuando Monet abrió la octava habitación.
En el sofá había un hombre tumbado, pelo verde, sucio hasta decir basta, con una botella de algo que posiblemente sería alcohol. Estaba tan sucio que Monet no sabría distinguir el barro de la sangre seca. ¿Y si estaba infectado? Monet tendría que pegarle un tiro sin más.
Le apuntó con la pistola, el brazo firme, sin temblar lo más mínimo.
— ❝ Levántate despacio.❞
Si no seguía sus instrucciones Monet dispararía sin vacilar un segundo.