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#nameafterwardsbcwesuck — [ AU. yukionnamonet & roronoism ]

roronoism:

   Maldició en silencio al ver la paz por la que tanto había
   trabajado ser quebrantada con tanta facilidad. Sin em-
   bargo, esta no era la primera vez que se encontraba
   con otro superviviente que no confiara en él. Era lo más
   común, todos tenían un odio hacia todo aquello que vi-
   viera, si un zombie no te asesinaba brutalmente, un her-
   mano lo haría poniendo una bala en tu
craneo. Suspiró,
   alejando la botella de sus labios, pero entonces tomó
   un trago bastante largo de la bebida, una gota corriendo
   por su barbilla y cayendo sobre su camisa. Le daba igual,
   su ropa ya estaba manchada con sangre seca y tierra,
   e ir al shopping por más
no era una opción. La miró
   de arriba a abajo, tratando de descubrir más posibles
   armas que pudiera estar escondiendo. Posiblemente
   tenía alguna que otra arma blanca además de el obvio
   arco en su espalda.

   Escupió al suelo y se sentó derecho, rascandose la
   barbilla mientras pensaba en una forma de salir de
   esto. No quería
herirla, pero este lugar parecía lo
   suficientemente seguro para quedarse por un tiempo.
   Además era gigante, no podría compartirlo? O le
   gustaba tanto la soledad? Los libros podían contar
   historias, pero no pueden dar conversación.
   Sonrío al ocurrirsele una idea, y sin pensarlo dos
   veces, se llevó la botella una vez más a los labios
   y bebió, bebió y bebió. Hasta que la botella había
   quedado vacía. No había tiempo para recurrir a
   su afilado machete, y tampoco le gustaba la idea
   de usarlo sobre una
sobreviviente que podría ser-
   le de más ayuda que un cadaver.

         “ Me acabo de recostar. ”

   Habló y sin esperar respuesta, se sentó un poco
   más sobre el borde del sofa. Acomodandose por
   si tuviera que correr de ahí inmediatamente.
   Miró a su alrededor, y luego al frente. No, no
   había nada en frente de él que lo detuviera
   de llegar hacia donde estaba esta desconocida,
   nada que tuviera que saltar ni nada que tuviera
   que esquivar.

       Estoy cansado, y no creo que un sofa menos
        te haga mucho. He visto algunos en la sala
        principal, si quieres este te lo doy, pero de-
        jame dormir en algun lado. Algún lado que
        sea
cómodo, mi espalda esta matandome.

   Mintió, moviendose como si le costara, estirando
   un brazo y dejando escapar un largo y ruidoso bos-
   tezo. Entonces tomó una vez más la botella, que
   ahora estaba vacía. Pero la tomó de una manera
   
extraña, del pico, y levantandola alto, simulando
   una vez más que se estaba estirando por el sueño.
   Entonces puso en marcha su plan maestro, arrojan-
   do la botella con todas sus fuerzas hacia donde es-
   taba ella, y tal cómo el lo había esperado, ella logró
   esquivarla, pero mientras esto sucedía, el peliverde
   había saltado del sofa y se largó a correr hacia ella,
   tackleandola al suelo y quedando encima. Le quitó
   el arma y la arrojó lejos de ellos. Hubiera desenvai-
   nado su machete, pero eso le hubiera dado tiempo
   a ella para que sacara cualquier puñal que tuviera
   escondido, entonces sólo sostuvo sus muñecas
   contra el frío suelo.

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        Escucha mujer, no pienso soltarte hasta que me
          prometas que no harás nada estúpido. No vengo
          aquí para matarte ni pretendo hacer nada por el
          estilo, sólo quiero quedarme un tiempo, este lu-
          gar esta en un puesto
estratégico, hay muchas
          tiendas cerca, por lo tanto es comida fácil de
          conseguir. Cuando consiga reabastecerme
          me voy. Entendido?

   Mintió, pensaba quedarse por cuanto tiempo le
   plazca. Pero no conocía el lugar, ni los lugares
   que había cerca. También era muy común que
   lugares como estos esten llenos de
trampas
   mortales. Y no pensaría que esta biblioteca
   sería la excepción.

          Siguió atentamente con la mirada cada uno de los movimientos de aquel hombre. Examinando la forma en la que bebía, cómo se desperezaba– todo. Pero no anticipó lo rápido que era, fallo suyo, definitivamente. Había subestimado a aquel hombrecillo, a su hedor a alcohol y a su expresión corporal que decía que iba a desmayarse de un momento a otro por puro agotamiento. 

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Oh, cómo se había equivocado. Monet maldijo mil veces a la vez que caía al suelo, con aquel tipo sobre ella. Intento forcejear, por supuesto que lo intentó, pero él sujeto sus muñecas contra el suelo y ahí Monet pensó que se había acabado todo. Pensó que aquel hombre la mataría, con su propia arma, o que sacaría un cuchillo y le cortaría el cuello— o peor. Porque siempre había un peor.  

Su larga melena quedó extendida, decorando el suelo como alrededor de su cabeza como un halo socarrón. Seguro que a los ángeles no los pillaban desprevenidos.

No se fiaba de él, al igual que no se hubiese fiado de nadie aunque fuese un conocido tras tanto tiempo. Ni siquiera sus palabras la tranquilizaron, pero Monet supo que aunque fuese por un poco de tiempo tendría que jugar a su juego. Lo justo para que el otro se confiase y ella pudiese acabar con él de forma eficaz. 

Dios. Olía tan mal que ni los infectados lo querrían.

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— ❝ Quitate de encima.❞ 

             Masculló fríamente. No podía mover las manos, pero si las piernas. Lástima que aquel individuo no lo hubiese previsto. 
  Le dio un rodillazo en la entrepierna, pero fue bastante benevolente, puesto que podría haber usado mucha más fuerza. Al fin y al cabo, en esa biblioteca no solamente se dedicaba a leer.

Consiguió liberarse y se escurrió por un lado, pero no sabía dónde había caído su arma, aunque por si acaso, estaba preparada para defenderse. Seguía teniendo un par de cuchillos ocultos en su cuerpo y, definitivamente, no iba a volver a subestimar a aquel tipo.

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— ❝ Te doy dos días para reabastecerte, y luego quiero que te larges de mi biblioteca.❞ 

           Dijo al final, en el mismo tono seco. No sabía si el otro ocultaba armas, pero posiblemente así era, así que esa era la única solución que se le ocurría por el momento.

Tal vez si él hubiese sido más caballeroso ella lo habría dejado estar más tiempo, e incluso ayudado, pero no hacía falta decir cuán diferente había sido todo. 

          Monet aguantaría a aquel idiota hasta que se marchase,
                          y si pensaba quedarse, le metería una bala entre las cejas.