Maldició en silencio al ver la paz por la que tanto había trabajado ser quebrantada con tanta facilidad. Sin em- bargo, esta no era la primera vez que se encontraba con otro superviviente que no confiara en él. Era lo más común, todos tenían un odio hacia todo aquello que vi- viera, si un zombie no te asesinaba brutalmente, un her- mano lo haría poniendo una bala en tu craneo. Suspiró, alejando la botella de sus labios, pero entonces tomó un trago bastante largo de la bebida, una gota corriendo por su barbilla y cayendo sobre su camisa. Le daba igual, su ropa ya estaba manchada con sangre seca y tierra, e ir al shopping por más no era una opción. La miró de arriba a abajo, tratando de descubrir más posibles armas que pudiera estar escondiendo. Posiblemente tenía alguna que otra arma blanca además de el obvio arco en su espalda.
Escupió al suelo y se sentó derecho, rascandose la barbilla mientras pensaba en una forma de salir de esto. No quería herirla, pero este lugar parecía lo suficientemente seguro para quedarse por un tiempo. Además era gigante, no podría compartirlo? O le gustaba tanto la soledad? Los libros podían contar historias, pero no pueden dar conversación. Sonrío al ocurrirsele una idea, y sin pensarlo dos veces, se llevó la botella una vez más a los labios y bebió, bebió y bebió. Hasta que la botella había quedado vacía. No había tiempo para recurrir a su afilado machete, y tampoco le gustaba la idea de usarlo sobre una sobreviviente que podría ser- le de más ayuda que un cadaver.
“ Me acabo de recostar. ”
Habló y sin esperar respuesta, se sentó un poco más sobre el borde del sofa. Acomodandose por si tuviera que correr de ahí inmediatamente. Miró a su alrededor, y luego al frente. No, no había nada en frente de él que lo detuviera de llegar hacia donde estaba esta desconocida, nada que tuviera que saltar ni nada que tuviera que esquivar.
” Estoy cansado, y no creo que un sofa menos te haga mucho. He visto algunos en la sala principal, si quieres este te lo doy, pero de- jame dormir en algun lado. Algún lado que sea cómodo, mi espalda esta matandome. “
Mintió, moviendose como si le costara, estirando un brazo y dejando escapar un largo y ruidoso bos- tezo. Entonces tomó una vez más la botella, que ahora estaba vacía. Pero la tomó de una manera extraña, del pico, y levantandola alto, simulando una vez más que se estaba estirando por el sueño. Entonces puso en marcha su plan maestro, arrojan- do la botella con todas sus fuerzas hacia donde es- taba ella, y tal cómo el lo había esperado, ella logró esquivarla, pero mientras esto sucedía, el peliverde había saltado del sofa y se largó a correr hacia ella, tackleandola al suelo y quedando encima. Le quitó el arma y la arrojó lejos de ellos. Hubiera desenvai- nado su machete, pero eso le hubiera dado tiempo a ella para que sacara cualquier puñal que tuviera escondido, entonces sólo sostuvo sus muñecas contra el frío suelo.
“ Escucha mujer, no pienso soltarte hasta que me prometas que no harás nada estúpido. No vengo aquí para matarte ni pretendo hacer nada por el estilo, sólo quiero quedarme un tiempo, este lu- gar esta en un puesto estratégico, hay muchas tiendas cerca, por lo tanto es comida fácil de conseguir. Cuando consiga reabastecerme me voy. Entendido? “ Mintió, pensaba quedarse por cuanto tiempo le plazca. Pero no conocía el lugar, ni los lugares que había cerca. También era muy común que lugares como estos esten llenos de trampas mortales. Y no pensaría que esta biblioteca sería la excepción.
Siguió atentamente con la mirada cada uno de los movimientos de aquel hombre. Examinando la forma en la que bebía, cómo se desperezaba– todo. Pero no anticipó lo rápido que era, fallo suyo, definitivamente. Había subestimado a aquel hombrecillo, a su hedor a alcohol y a su expresión corporal que decía que iba a desmayarse de un momento a otro por puro agotamiento.
Oh, cómo se había equivocado. Monet maldijo mil veces a la vez que caía al suelo, con aquel tipo sobre ella. Intento forcejear, por supuesto que lo intentó, pero él sujeto sus muñecas contra el suelo y ahí Monet pensó que se había acabado todo. Pensó que aquel hombre la mataría, con su propia arma, o que sacaría un cuchillo y le cortaría el cuello— o peor. Porque siempre había un peor.
Su larga melena quedó extendida, decorando el suelo como alrededor de su cabeza como un halo socarrón. Seguro que a los ángeles no los pillaban desprevenidos.
No se fiaba de él, al igual que no se hubiese fiado de nadie aunque fuese un conocido tras tanto tiempo. Ni siquiera sus palabras la tranquilizaron, pero Monet supo que aunque fuese por un poco de tiempo tendría que jugar a su juego. Lo justo para que el otro se confiase y ella pudiese acabar con él de forma eficaz.
Dios. Olía tan mal que ni los infectados lo querrían.
— ❝ Quitate de encima.❞
Masculló fríamente. No podía mover las manos, pero si las piernas. Lástima que aquel individuo no lo hubiese previsto. Le dio un rodillazo en la entrepierna, pero fue bastante benevolente, puesto que podría haber usado mucha más fuerza. Al fin y al cabo, en esa biblioteca no solamente se dedicaba a leer.
Consiguió liberarse y se escurrió por un lado, pero no sabía dónde había caído su arma, aunque por si acaso, estaba preparada para defenderse. Seguía teniendo un par de cuchillos ocultos en su cuerpo y, definitivamente, no iba a volver a subestimar a aquel tipo.
— ❝ Te doy dos días para reabastecerte, y luego quiero que te larges de mi biblioteca.❞
Dijo al final, en el mismo tono seco. No sabía si el otro ocultaba armas, pero posiblemente así era, así que esa era la única solución que se le ocurría por el momento.
Tal vez si él hubiese sido más caballeroso ella lo habría dejado estar más tiempo, e incluso ayudado, pero no hacía falta decir cuán diferente había sido todo.
Monet aguantaría a aquel idiota hasta que se marchase, y si pensaba quedarse, le metería una bala entre las cejas.